Animar por animar desgasta. El movimiento funciona mejor cuando explica jerarquía, aporta ritmo o mejora la respuesta de la interfaz.
Una web con movimiento puede sentirse mucho más viva, pero también mucho más cansada. La diferencia está en si la animación ayuda a comprender la interfaz o si solo ocupa espacio visual.
Suma cuando ordena una entrada, suaviza un cambio de estado o refuerza la lectura de una jerarquía. También cuando da feedback de interacción y hace que el sistema responda con más naturalidad.
Las mejores microinteracciones suelen ser pequeñas, oportunas y muy integradas con el tono general del proyecto.
Resta cuando todas las piezas compiten por moverse, cuando los tiempos son demasiado largos o cuando el efecto no responde a ninguna necesidad real de producto.
También cuando el movimiento penaliza rendimiento o interfiere con la lectura. No todo lo que llama la atención mejora la experiencia.
A veces la mejor decisión de motion es no animar una pieza. Esa contención hace que el resto del sistema respire mejor.
En proyectos visuales, el movimiento tiene mucho valor, pero precisamente por eso conviene usarlo con precisión.
La animación buena no solo se ve: se entiende.